Naturaleza urbana: Historias de Lavapiés

Lo decisivo, artísticamente hablando, es subvertir la conciencia. Que el texto creativo, en cualquiera de sus disímiles manifestaciones, nos agite. Por contenido y forma. Ese estímulo interno nunca orientado a buscar respuestas, sino preguntas. Preguntas sobre un macro y microentorno social, económico, cultural, histórico… y, el más difícil todavía, ontológico. Antropología narrativa. Canalizada hacia la introspección. Y para ello lo ideal son los espejos. Reflejos. Que tras la exactitud de un gesto, una palabra, un objeto o una secuencia esté contenida toda la condición humana. Vida. Donde reconocernos y aprehender, por composición o descomposición. Donde espacio y tiempo sean uno y todos a la misma vez. Especificidad que cumple sobremanera los trabajos del escritor y director cinematográfico Ramón Luque, un autor orgánico que, con precisión certera, maneja a la perfección los códigos más intrínsecos de la conducta colectiva; un cineasta emergente —e investigador académico especializado en los maestros Woody Allen e Ingmar Bergman— que se desliza como pez en el agua entre los complejos territorios de las relaciones interpersonales, mediante esa mirada especial, hábil, que pocos poseen para diseccionar estados naturales y elevar lo cotidiano hasta un nuevo nivel. Capacitado, por méritos fílmicos propios, para favorecer trascendentes alternativas morales y éticas.

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Ramón Luque es, a su vez, docente en la Facultad de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

Al respecto, mención particular merece su último trabajo, Historias de Lavapiés, primer largometraje dirigido en solitario; protagonizado por reconocidos actores como Guillermo Toledo, Sandra Collantes o Rafael Reaño, entre otros; con música de Antonio Meliveo, varias veces nominado a los premios Goya de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España; estrenada y aplaudida en la sección “Estrenos Especiales” de la XVII edición del Festival de Cine Español de Málaga. Una cinta de corte costumbrista, escrita por el propio Ramón Luque, rodada, dentro de lo ficcional, con un estilo documental que remarca aún más su fuerte concepto social y humano, su trasfondo multicultural y racial. En ella se abordan temas tan actuales como la crisis, la inmigración o la educación a través de un tratamiento elegante, sin caer en ningún instante ante tópicos tramposos o sentimentalismo barato. Su ritmo es figurativo y su tono, reflexivo: una visión siempre expositiva que, muy inteligentemente, deja al espectador, activo, eso de juzgar las fallas de nuestra contemporaneidad. Plagada de situaciones y diálogos nutritivos, sus personajes cercanos, empáticos (el profesor de instituto maduro que atraviesa una mala racha, la sufridora asistenta colombiana desamparada en la ilegalidad, el majestuoso homeless cobijado dentro de un bloque de vecinos, la prostituta extorsionada que busca alguna salida útil), evolucionan siempre a través de la experiencia, entre las grietas, mediante una arquitectura urbana de imágenes concatenadas con sutileza.

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Luque junto al actor Guillermo Toledo, durante el rodaje

Así, Historias de Lavapiés ocupa el epicentro de un potente mecanismo bien articulado donde convergen entretenimiento, reflexión y compromiso. Ramón Luque ha convertido una película sobre la realidad social del barrio madrileño de Lavapiés en una obra universal; ha destapado los necesarios silencios del día a día edificando un cristal global de emociones e intenciones para observarnos y meditar. Lo decisivo, artísticamente hablando.

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La cinta, de próximo estreno público, inaugurará la X edición del London Spanish Film Festival

(Artículo también publicado en el diario Andalucía Crítica.)

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