De qué hablamos cuando hablamos del escritor Raymond Carver

Hablar de Raymond Carver (1939-1988) es hacerlo del mejor cuentista estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Así, sin cortapisa. El “Chéjov norteamericano” gustaba de la precisión como máxima de una escritura siempre contraria a pomposas construcciones adjetivadas, al superfluo exceso de subordinadas o a la asfixia descriptiva. Su literatura supone contención e intensión, introspección, ontología, contexto y perspectiva, objetos que reclaman. Carver, en palabras del también escritor Daniel Múgica, “prescinde de los argumentos altisonantes y aborrece los discursos puramente narrativos. […] Un problema con el alcohol en una noche de verano, una discusión con la pareja, la rueda del coche que se pincha, los invitados a cenar. Plasma situaciones insignificantes con una fuerza inusual”.

La exacta narración carveriana tambaleó el binomio realidad-ficción dentro del “dirty realism” (al que se hallan adscritos, entre otros, genios como John Fante, Charles Bukowski, Richard Ford o Tobias Wolff), convirtiendo al lector —lejos de ser un mero engullidor de emociones impostadas, mil veces imitadas— en perceptor hiperactivo de ese micrentorno que, por común, tantas veces pasa de largo, involuntariamente inadvertido, como los postes telefónicos desde un vagón en movimiento. Pues la mirada del escritor de Clatskanie, Oregón, ostenta una agudeza telescópica; penetra en la cotidianidad (cotidianidad atemporal) para, de forma sibilina, destacar trascendentes dilemas morales mediante historias en apariencia corrientes. Su ficción es el canal por donde “sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”, entiende el crítico literario Frank Raymond Leavis. Y todo conseguido con un excepcional empleo de los ritmos: tono, narrador deficiente (su voz, una cámara que solamente expone qué observa, sin valoración alguna, cosa ya del receptor), elipsis, tiempo verbal presente, finales abiertos…

Raymond Carver falleció en pleno apogeo y reconocimiento de su carrera y obra. No obstante, gracias al trabajo de William L. Stull y Maureen P. Carroll, de la Universidad de Hartford, Connecticut, para deleite de sus más íntimos amantes literarios ha visto la luz Principiantes (Editorial Anagrama), versión original de esos diecisiete relatos que componen una de sus obras maestras, De qué hablamos cuando hablamos de amor, sin la mutilación de casi el cincuenta por ciento que acabaría sufriendo el libro por parte del llamado “Captain Fiction”, Gordon Lish —entonces, su editor en la editorial Alfred A. Knopf—, previa publicación en 1981. Un entramado para profundizar dentro de la conciencia creativa del verdadero artista: un Carver menos crudo, más tierno, pero igual de sincero.

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