Entrevista a Sergio Castañeira, fotógrafo, autor de Ciudad Sur

«El proyecto fotográfico perfecto debe plantear muchas más preguntas que respuestas»

Me encanta esta frase de Alfred Stieglitz: «En la fotografía hay una realidad tan sutil que llega a ser más real que la realidad». También me gusta ese relato de Julio Cortázar, Las babas del diablo, donde una instantánea de dos amantes en un parque, tras su revelado, se rebela contra su autor y los conceptos «lenguaje», «percepción», «sentido», «verdad». Entre ambas propuestas teórico-prácticas podría edificar Sergio Castañeira su Ciudad Sur (Ediciones Anómalas), un proyecto fotográfico multidimensional sobre la calle y sus grietas, sobre lo urbano y sus silencios: esa perversa belleza del extrarradio, poética precisa de la cotidianidad, un objeto, un gesto, para encarar la condición humana. Ciudad Sur cierra una etapa fotográfica y vital en este artista gaditano, a quien un desafortunado accidente (durante una jornada de playa, con un banco de arena, casi tres años atrás) dejó una importante lesión medular, pero, como él mismo reconoce, abre nuevas sendas conceptuales, otra aprovechable atalaya desde la que asomarse al mundo («parque» cortazariano), desde la que percibir e interpretar realidades.

Algunas tribus aún creen que las fotografías roban el alma, que surten efectos demoníacos.

Bueno, yo siempre suelo decir que uso la fotografía para sacar un poco los demonios que llevo dentro.

Un vehículo de expresión personal.

Está muy vinculado a mi visión particular del mundo, como una especie de diario visual. Casi todos los trabajos fotográficos donde me he embarcado han ido por esa dinámica.

Entre ellos, el último, Ciudad Sur.

Ciudad Sur es un proyecto que se desarrolla en Sevilla, pero puede parecer cualquier ciudad del mundo. Un diario de mis paseos, de mi itinerario cotidiano, buscando una ciudad un poco oculta, fantasmagórica, en cierto modo muy impersonal, que no aparece en el mapa turístico. He intentado eliminar los estereotipos, más en una ciudad como Sevilla, moviéndome por los barrios de El Cerro del Águila, Nervión, Los Pajaritos, las zonas de Marqués de Pickman o Viapol. Cada día iba andando y tomando fotos durante dos horas de lo que encontraba, de lo que me sugería.

Una fotografía bastante intuitiva.

No iba pensando en hacer cierto tipo de fotografía, sino que me dejaba llevar. Intuitiva porque algo me encoje el estómago, agarro la cámara y disparo. Fotografiar un entorno donde vives, que transitas a diario, muy cercano, es un ejercicio visual difícil pues requiere un esfuerzo de distanciamiento.

Entre la captura de la imagen y su posterior edición siempre media una descomposición.  

Una vez que las vas editando empiezas a ver imágenes que conectan de alguna manera, ya sea por forma, por situación, por sensaciones, por atmósfera (al fin y al cabo es un trabajo muy atmosférico porque está vinculado al paso de una persona por la ciudad y del ambiente que crea), como un puzle que habla por sí solo más allá de las imágenes sueltas, como una especie de castillo que va construyéndose poco a poco.

Habitualmente, en creación artística, nos topamos con resultados finales que te «cuentan» cosas muy distintas de esa idea inicial. Como si cualquier proyecto (fin) estuviese siempre al servicio del arte (medio) y no a la inversa.

Totalmente. Yo estas fotografías las tomo entre 2009 y 2012, después hago una maqueta previa, abandono el proyecto porque me surgen otros paralelos que me exigen más tiempo, y también pues quizá no tenía las ideas demasiado claras, pero a raíz de que apostara por él un comisario, Jesús Micó, y la Kursala (una sala de la Universidad de Cádiz que está apostando mucho por la fotografía contemporánea española emergente, tanto en formato libro como en formato expositivo), pues ahí ya me puse de nuevo las pilas. Y al tomar tanta distancia entre las fotografías que tomé y la edición del libro me encontré con una dimensión completamente distinta. Ciudad Sur ofrece una lectura muy abierta, circular, sin principio ni final, que guarda paralelismo con el camino de ida y vuelta y otra vez ida que yo hacía a diario.

¿Qué debe tener la foto perfecta?

Más que a la foto perfecta, yo me agarro al concepto de serie, y a la constante búsqueda de esas fotografías para buscar algo más complejo. En este sentido, para mí debe ser un proyecto que te platee muchas más preguntas que respuestas, que tenga algo de estética visual interesante y que sugiera.

«Mi trabajo Ciudad Sur ofrece una lectura muy abierta, circular, sin principio ni final, con un ritmo que deja respirar poco, una sensación a veces de desasosiego, de meterte en el tránsito de la ciudad, que las imágenes te vayan llevando entre fronteras»

Tu blanco y negro es muy personal.

Yo llevo trabajando mucho tiempo el blanco y negro porque quizá es una manera de descontextualizar el mundo que vemos a diario en color. También es una forma más sugerente de mostrar la realidad, de intentar sacarla y llevarla a un mundo propio. Ciudad Sur tiene un blanco y negro coge el testigo de otros fotógrafos donde la densidad de los negros es muy marcada y hay contraste entre ambos tonos.

Los objetos reclaman.

He intentado que tanto los objetos como las personas que retrato sean las entrañas de esa ciudad a veces abandonada, a veces deteriorada, donde el individuo pasa de una manera casi anónima. Para desarrollar un proyecto muchas veces no hace falta irte a la otra punta del mundo.

Hablas de intuición. Háblame también de intención.

Buscaba unas secuencias bastante marcadas, un ritmo que dejara respirar muy poco, una sensación a veces de desasosiego, de meterte en el tránsito de la ciudad, que las imágenes te fueran llevando entre fronteras. Yo por intuición disparo muchas fotografías verticales y después a la hora de editar me gusta enfrentarlas en dípticos. Eso es un lenguaje visual que requiere sentarte mucho a ver las imágenes, qué te dicen, cómo te van hablando, cómo van cambiando… Esta labor es a veces más importante que la propia tarea fotográfica.

¿Qué tipo de lentes prefieres?

Suelo trabajar con cámaras compactas, pequeñas, con lentes entre veintiocho y treinta y cinco milímetros, incluso para este proyecto, pues intentaba pasar lo más desapercibido posible. No me interesaba que la gente me viera porque para mí, en cierto modo, el momento aparece y desaparece en décimas de segundo y uno no puedo desperdiciarlo llamando la atención. Llevar una cámara grande es una manera de parecer un intruso y yo quería ser todo lo contrario.

«El gran techo a romper en el mercado editorial fotográfico de España es salir de la endogamia de los fotógrafos, ya que quizá se ha convertido en un lugar donde quienes compran libros de fotografía son fotógrafos»

¿Cuáles son tus referentes?

Tengo muchos referentes fotográficos, pero también literarios y cinematográficos. Son los tres pilares artísticos entre los que me muevo para alimento visual. Hay muchos fotógrafos que me interesan. Para este trabajo sí me interesaban muchísimo algunos fotógrafos que habían trabajado el concepto de ciudad, como Pablo Ortiz Monasterio con La última ciudad, sobre la ciudad de Méjico, posiblemente uno de los mejores fotolibros latinoamericanos en ese terreno; Daido Moriyama y su concepto de fotografía callejera; Boris Mikhailov, que tienen un trabajo llamado At Dusk donde fotografía la Ucrania poscomunista, su día a día intentando parecer diferente a la cotidianidad de esa situación; Robert Frank sobre todo, un referente, quizá uno de los fotógrafos que más rompió moldes en su época, la antifotografía, por así decirlo, acabando un poco con el concepto de instante decisivo de Cartier-Bresson, un concepto de fotografía más documental, más fotoperiodístico, que tiene todo el mundo; o William Eggleston. En el terreno literario, autores como Raymond Carver o Paul Auster y su Trilogía de Nueva York. Y en el plano cinematográfico, Win Wenders, Truffaut, Antonioni, David Lynch.

¿Hay vida para la fotografía en el mercado editorial?

Ahora en España hay muchas editoriales independientes que están apostando por el libro de fotografía, algo quizá aquí más novedoso pero un formato que en otros países sí está muy consolidado. Desde mi óptica personal, la mejor manera de encauzar un proyecto fotográfico es mediante el fotolibro, pues las exposiciones o proyecciones audiovisuales son algo efímero, sin embargo el libro queda. En ese sentido, en España llevamos diez o quince años con un boom del fotolibro, con muy buenos autores, poco a poco consolidándose en el mercado, aunque a nivel de ventas es verdad que no es un mercado tan potente como el literario, más acotado, pero que va entendiendo propuestas no tan clásicas como la fotografía documental sino más cercanas a propuestas personales que pueden gustar a un público más general. El gran techo a romper aquí en el mercado editorial fotográfico es salir de la endogamia de los fotógrafos, ya que quizá se ha convertido en un mercado donde quienes compran libros de fotografía son fotógrafos.

¿Y hacía dónde va tu fotografía en estos momentos?

Hay varias caminos en los que estoy metido. Primero, tengo un archivo de diario íntimo bastante grande para trabajar y no sé muy bien qué hacer con él. Después, seguiré haciendo fotos de lo que voy viendo, y de dos sitios en concreto: del centro de recuperación de lesiones medulares donde estoy metido a diario y un trabajo muy vinculado con el mar, con el océano Atlántico. Muchos caminos abiertos; unos llegarán al final —ya sea en fotolibro, exposición o audiovisual— y otros no.

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© de todas las fotografías de esta entrevista: Sergio Castañeira, Ciudad Sur.

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