Entrevista a Daniel Pinilla, periodista y editor, autor de Hasta el mojito siempre

«El mayor error de un escritor de viajes es intentar ser el más especial»

«Cuando se descubrió que la información era un negocio», decía el viajero Ryszard Kapuściński, uno de los mejores reporteros internacionales, «la verdad dejó de ser importante». Sin embargo, me provoca cierta seguridad el saber que, por encima de la macroestructura mediática, una economía política de comunicación y cultura, aún se conservan activas voces disonantes, narradores con pies en polvorosa, cronistas de la conducta humana, rastreadores comprometidos sólo con su forma de mirar. Conozco a uno: Daniel Pinilla, quien, tras más de quince años trabajando como periodista deportivo en el diario Marca, decidió tirar de ahorros y viajar para explorar, primero, los confines de Europa, tras las huellas de hunos, mongoles, bizantinos, otomanos o soviéticos, a través de campos de batalla, países no reconocidos por la Comunidad Internacional, lenguas minoritarias o pueblos desaparecidos, que recopila en su primer libro, Polifemo vive al Este; para recorrer, después, el istmo de Centroamérica, desde Belice hasta Panamá, entre mareros, chamanes, sacerdotes guerrilleros, buscadores de tesoros, traficantes de drogas o indígenas al margen del mundanal ruido, que plasma en su segunda obra, Operación Malinche; y para sondear, ahora, la Cuba eterna, último exponente del comunismo en el hemisferio occidental, que radiografía en Hasta el mojito siempre, publicado por Samarcanda, sello del que es director editorial. Hoy tengo el placer de conversar con este escritor de viajes inquieto, persistente e incisivo, empeñado en encontrar verdad bajo las múltiples capas de realidad y en demostrar que ésta supera siempre a cualquier clase de ficción.

¿Podrías presentar Hasta el mojito siempre en Cuba?

El libro tiene sentido en Cuba, por supuesto. Porque los cubanos poseen bastante conciencia del país donde viven y un ansia de conocimiento sobre los orígenes de sus circunstancias actuales. Entiendo que Hasta el mojito siempre pueda resultarle incómodo a muchísima gente de la ortodoxia, en uno y otro lado. Pero, como suele decirse, yo únicamente respondo ante mi propia conciencia. Me consta que hay personas allí que lo están leyendo y les está gustado, aunque no se ha hecho una entrada oficial. Habría que soltarlo, a ver cómo cae. Aunque, editorialmente, resulta muy difícil entrar en el mercado cubano, donde los libros están subvencionados y son muy baratos incluso para su nivel de vida. La última novela de Leonardo Padura, por ejemplo, me la compré por veinte pesos, ¡bastante menos de un euro! Así, ¿cómo tienes tú que fabricar, distribuir y comercializar un libro en Cuba para poder competir con en precios? Imposible.

Y aun así, no todos los libros tienen cabida en Cuba.

Me da la sensación de que muchos autores cubanos, cuando escriben, tienen ya interiorizada una manera especial de enfocar asuntos que resultan delicados. Pero eso los hace especialmente buenos a la hora de emplear metáforas, silogismos, imágenes. En las pasiones son maestros.

En Cuba resulta muy cómodo manejarse con clichés.

Porque como uno se siente tan acogido casi a la llegada, tiene la tentación de creer que entiende Cuba fácilmente con muy pocos ingredientes. Los escritores románticos hablaban de la «horrible belleza», pues, en cierta forma, allí es algo así. Y no es que Cuba sea horrible, ni mucho menos, sino que tiene ese punto que nos produce una conmoción interior.

¿Con qué ojos la miraste tú?

Con ojos absolutamente periodísticos. Hasta el mojito siempre es un libro muy pegado a la realidad. Cuba no me inspiró ninguna trama, ni visualicé personajes a partir de la gente que me tropecé allí: sólo quería contar lo que estaba percibiendo, y para ello me documento.

¿Y qué estabas percibiendo?

Que es un país con muchas capas y todas, reales; que no existe una única interpretación. Supongo que eso pasa en todos los sitios, pero aquí, especialmente, hay muchos niveles invisibles que conforman buena parte de Cuba y su realidad, la cual, sin darnos cuenta, de manera sociocultural, marca tendencia en muchísimas cuestiones geopolíticas desde un punto de vista internacional. Creo que lo más importante en Cuba es descubrir de qué forma funciona como un espejo para todo visitante, y eso requiere tiempo: resulta casi imposible llegar, abrir los ojos y ver esa profundidad en una semana o diez días.

Háblame de ese salto hacia la literatura de viajes.

Cuando tienes un anhelo largamente postergado, o se te enquista o le das salida. Yo envidiaba a la gente que había escrito libros, me parecía una proeza, y quería probar si era capaz de hacerlo, pero no encontraba el momento, hasta que, por circunstancias vitales, llegó. Tan fácil como pararte y, sin responder a patrones de conductas esperados, reflexionar con honestidad contigo mismo, preguntarte: «¿Yo haría lo que quiero hacer y lo podría hacer?».

¿Los viajes más largos son siempre los de regreso?

Sobre todo los interiores. Lo que me he traído de Cuba es tan simple y a la vez tan complejo como el hecho de sentir que la gente daba por cierto todo lo que le contaba sólo por ser un escritor. Cuando llegas allí, donde las personas tienen tanta consideración por la literatura, y dices que estás documentándote para escribir un libro, el trato que te dan es absolutamente encantador, hasta mimado, ayudándote, sugiriéndote temas. Después hay que asumir todo eso, interiorizarlo, que no eres un presuntuoso por creer que las cosas que uno escribe pueden tener interés.

¿Cuál es la mayor trampa que puede encontrar en el camino un escritor de viajes?

El mayor error de un escritor de viajes es intentar ser el más especial, yendo a sitios donde no va nadie. Porque hay cosas de la inmensa riqueza cultural cubana que están muy a la vista y necesitan ser atendidas. No se trata de hacer la investigación que nadie hizo jamás, sino de escuchar y estar permeable.

¿Por ejemplo?

Lo religioso. Un cubano me dijo que ellos son los campeones en eso de creer… Durante un tiempo la religión estuvo arrinconada. Podría decirse que Cuba es multirreligiosa, tiene prácticamente todas las religiones que desees; hay tantas que poseen una cosmogonía que no está resumida en un único libro, con lo cual la interpretación es libre, se puede entender de diferentes maneras dentro del mismo país, aunque en realidad, al final, te habla de la condición humana, de qué necesita la gente para sentirse cómoda, de cómo entienden su relación con un dios y la vida. Existe una religión llamada sociedad vacua, secreta. Sobre todo está en Matanzas, con mucha presencia también en los extrarradios de La Habana. Esta religión no admite mujeres, es prácticamente endogámica y durante un tiempo estuvo ligada a gente, digamos, que tenía alguna condena que cumplir. Conseguí dar con uno de los jefes, cogerle durante una mañana de resaca (reconocida por él mismo), y me contó algo absolutamente sorprendente sobre cómo entienden que funcionan las cosas… Pero no quiero revelarlo, está en el libro.

«Cuba es un país con muchas capas invisibles y todas, reales: no admite una única interpretación. De manera sociocultural, desde un punto de vista internacional, marca tendencia en muchísimas cuestiones geopolíticas»

Llevamos un rato hablando de Cuba desde nuestro foco español, ¿pero cómo nos ven ellos a nosotros?

En muchos países de Hispanoamérica parece que hay cierto recelo pues español va asociado a una especie de semiconquistador, a alguien que les quitó algo suyo y con quien tienen una deuda impagada. Pero en Cuba no se ve tanto ese sentir, supongo porque la sociedad estuvo completamente mezclada, porque fue la última colonia que cayó y la ligazón ha estado presente de manera más reciente o porque tiene un nivel cultural muy por encima de muchos países americanos de lengua española. Sí es cierto que, por la influencia del fútbol, la primera pregunta que suelen hacerte es si eres del Real Madrid o del Barcelona. Ahora mismo el fútbol está por encima del béisbol, deporte nacional en Cuba.

Tú cubriste in situ, para medios como Canal Sur, la histórica visita de Barack Obama, expresidente de Estados Unidos, a Cuba.

Y la trascendencia que se le estaba dando desde fuera era infinitamente mayor que la que se daba desde dentro. Lo mismo con la muerte de Fidel Castro, la elección de Donald Trump y otras muchas cuestiones. Desde fuera yo escucho y leo que Cuba ha entrado en una nueva fase, que atraviesa un momento diferente, pero los cubanos prácticamente se carcajean porque no distinguen que su día a día haya evolucionado hacia ningún escenario diferente.

¿Ni con el polémico nombramiento de Donald Trump? 

Creo que el régimen en Cuba se va a bunkerizar porque Trump tiene un discurso menos cercano que Obama, más agresivo, y, para no dar síntomas de debilidad, intentará no mostrar aparentes fisuras. Y tengo la sensación de que los cubanos están en sintonía con este pensamiento. Esos aparentes cambios que se iban a producir se ralentizarán porque ninguno de los dos gobiernos querrá hacer un gesto que el otro pueda interpretar como una bajada de pantalones.

Hace unas semanas visioné la película Che: El Argentino, de Steven Soderbergh, en cuya escena final, tras la toma de Santa Clara, decisiva para la caída del régimen de Fulgencio Batista, el comandante Ernesto Guevara le dice a uno de sus guerrilleros revolucionarios que, ojo, habían ganado la batalla pero no la guerra. ¿Esa guerra está ganada ya a día de hoy?

El hecho de haberse mantenido seis décadas en el poder es una barbaridad. ¿A costa de qué? Si ganar la guerra significa mantenerse en el poder durante tanto tiempo, pues sí. Pero si uno mira los índices de producto interior bruto y tal, pues quizá no parece tan emocionante. Cuba es muy poliédrica, me veo incapaz de encontrar un titular para resumir esto. Es decir, ¿toda la revolución no vale nada?, ¿no se han hecho cosas positivas en sesenta años? Ésas son las grandes preguntas.

«La trascendencia que se le dio a la visita cubana de Barack Cubana fue infinitamente mayor fuera que dentro. Lo mismo ocurrió con la mierte de Fidel Castro o la elección de Donald Trump»

Cuba registra unos índices de lectura enormes, muy por encima de España.

Al respecto, hay un asunto que parece menor, sin embargo no lo es: el móvil; una distracción que te roba cuatro o cinco horas al día entre una cosa y otra. En Cuba existe, pero, salvo en puntos concretos, no todo el mundo tiene acceso a Internet, por lo que emplean gran parte de ese tiempo para leer. Y no conozco a ningún escritor que escriba bien y no lea. ¿En qué lugar del mundo están los libros subvencionados e Internet no supone un entretenimiento? Cuba, el único.

Para ti como director editorial, ¿qué peso tiene lo cuantitativo sobre lo cualitativo a la hora de publicar una determinada obra?

Cuando te llega un manuscrito tienes que ver si la historia o el tema está bien y resulta interesante, pero después discriminar qué público tiene. El editor, a día de hoy, es más un descubridor de mercados que de talentos. Si una empresa editorial quiere ir al margen de esa realidad, apostar sólo por la valía del contenido de los libros, lamentablemente, por temas comerciales, no puede ser.

El editor ya no es hombre de letras, sino de números, prácticamente un comercial. 

Samarcanda va a sacar ahora un manual sobre sectas. Su autor, estudiante de Teología, ha tardado cuatro años en escribirlo, un magnífico trabajo. No creo que vayamos a vender muchos ejemplares, la verdad, pero, como editor, apuesto por ese libro porque me parece encomiable el trabajo que lleva detrás, así de simple; merece la pena ser publicado y ya que el mercado decida luego. Con todo, creo que al final la calidad debe marcar la diferencia, aunque no se vea a corto plazo, aunque los beneficios de ese libro salgan negativos durante los primeros meses. Para prestigiar también un sello. Yo en mi catálogo intento combinar libros que únicamente estén por su calidad con libros que sostenga la editorial.

«El editor, a día de hoy, es más un descubridor de mercados que de talentos»

¿Un best seller nace o se hace, editorialmente hablando?

Más lo segundo. Puede hacerse un libro genéticamente preparado para triunfar con las herramientas de marketing adecuadas, pero disponer de esos recursos es muy costoso. De cualquier modo, resulta bueno que haya casos de éxito en libros insospechados, porque eso significa que no somos robots. Yo estoy encantado de que se me escapen cosas.

¿Se puede fundar hoy una editorial y no morir en el intento?

Se puede si no tienes unas grandes expectativas. Los márgenes son muy ajustados y los números de ventas no son explosivos. Hay que intentar equivocarse poco. Si tú vas a una producción más masiva donde aminoras costes, pues digamos que estás poniendo más posibilidades en el mercado. Si vas selectivamente a muy pocos títulos, como falle alguno te quedas sin alternativas. Lo ideal es tener todas las patas para diversificar, por si se rompe alguna que las otras soporten el peso.

Entrevista a Daniel Pinilla, por José Iglesias Blandón

© de todas las fotografías de esta entrevista: Daniel Pinilla, Hasta el mojito siempre.

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