Entrevista a Andrés González-Barba, autor de El enigma Murillo

«Sevilla no ha cambiado tanto desde comienzos del siglo XVIII por la poca convicción de los sevillanos en nosotros mismos»

Un gran escritor debe ser, ante todo, un gran lector. Andrés González-Barba cumple con este precepto a la perfección. Adictivo amante de la literatura gótica y de su capacidad para desvestir pasiones humanas, este periodista sevillano se ha convertido en un estupendo contador de historias, alguien preocupado por hacer sentir mediante una voz narrativa meticulosa e inteligente. Su último trabajo, la novela El enigma Murillo (editorial Almuzara), nos propone un intenso viaje a través de esa Sevilla decimonónica ocupada por el ejército francés y… por un mariscal obsesionado con un desconocido cuadro de Bartolomé Esteban Murillo, por una niña capaz de percibir espíritus, por un heterogéneo grupo de personajes, en definitiva, que, sinérgicamente, sustentan este original relato histórico de misterio.

Periodismo y literatura. El escritor periodista. Realidad versus ficción…

En los últimos tiempos, existe una tendencia de periodistas que se dedican más a la literatura. Yo siempre he tenido esa afición por la escritura; soy un apasionado, me encanta. Con dieciséis o diecisiete años, cuando ya cavilaba sobre mi futuro laboral, vi que quería dedicarme a escribir, pero incluso por entonces, a principios de los 90, era muy difícil, así que decidí estudiar Periodismo, algo que también me gustaba y podía combinarse muy bien con lo literario. Mi carrera como periodista cultural me ha dado la oportunidad, entre otras cosas, de entrevistar a muchísimos escritores, de leer abundantes obras, de realizar un buen número de reseñas.

Me viene a la cabeza el término «Nuevo Periodismo», esa corriente artística de escritura, con exponentes como Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer o Gay Talese, que imbrica elementos literarios con otros propios de la praxis periodística, aunque tu obra creativa tiende más a la ficción.   

Sí, pero considero que el influjo de lo periodístico se me cuela en determinadas cosas, a la hora de mirar un poco de otra forma, de documentarme sobre los temas, con un tipo de escritura más incisiva, más crítica.

'El enigma Murillo', de Andrés González-Barba

Ambientar una novela gótica de fantasmas en la Sevilla del 1810, ocupada por los franceses, es, cuanto menos, un reto original.

Sí, El enigma Murillo es quizá una obra un poco atípica porque tiene esa vertiente de novela histórica que se desarrolla en un período muy concreto, Sevilla bajo la invasión francesa, escenario, a priori, alejado de las típicas tramas góticas de terror europeas. Pero me apetecía casar ambas facetas. Como gran lector que soy de ese gótico literario ubicado a finales del siglo XVIII y principios del XIX, en los albores del Romanticismo, sentía la necesidad de escribir una historia deudora de todas esas atmósferas que me fascinan, propias de autores como Henry James, Robert Louis Stevenson, Oscar Wilde, Jan Potocki o Ernst T. A. Hoffmann; me apetecía llevar todo ese ambiente a un sitio tan poco aparentemente dado a esos relatos, la Sevilla del 1810, una ciudad de la que no se tiene esa imagen tan lúgubre o enigmática.

¿Qué huella han dejado todos esos autores clásicos que mencionas en el universo de tu novela?

Yo tengo una deuda literaria inmensa hacia ellos. Todos son grandísimos maestros no sólo por haber hecho grandes obras dentro del género de terror, sino por crear personajes universales. Frankenstein, de Mary Shelley, o Drácula, de Bram Stoker, con ese juego narrativo maravilloso. Yo, humildemente, he intentado reflejar en mi libro esa forma de ver la realidad un poco alejada de su espectro normal, más incisiva y deformada.

¿Y dónde marcaste esa línea imaginaria que separa realidad y ficción?

En principio trabajé mucho esa ambientación de comienzos del XIX. Leí numerosos manuales de Historia, entre ellos los del profesor Moreno Alonso, un experto de la época que recreo, e intenté absorber todo ese contexto y sus personajes históricos reales, como el mariscal Soult o Sebastien Blaze de Bury, que aparecen en la novela. Precisamente este último estuvo aquí en Sevilla y escribió su libro Memorias de un boticario, un best seller en su época. Ahí quizá establezco un poco eso que me has preguntado, construir una trama ficticia a partir de un personaje real, fabular sobre cómo pudo haber sido su estancia en la capital hispalense. Por supuesto, quien mejor encaja en esa parte ficcional es Teresa, la niña protagonista, que destaca por sus poderes.

«Mi formación periodística se cuela en lo literario a la hora de mirar un poco de otra forma, de documentarme sobre los temas, mediante un tipo de escritura más incisiva»

La relación entre José Bonaparte y el mariscal Soult, quienes encabezaron las tropas napoleónicas para tomar Sevilla el 1 de febrero del 1810 sin apenas pegar un tiro, no era demasiado buena.

José Bonaparte fue un buen rey, pero estaba muy atado de manos por su hermano Napoleón y no le dejaron hacer las reformas deseadas, aunque él sí apostaba, como reflejo en la novela, por construir un gran museo donde albergar las grandes obras de arte. Era un tipo muy ilustrado, por lo visto tenía muchos amigos enciclopedistas. Le llamaban Pepe Botella cuando realmente era abstemio; tuvo muy prensa en Sevilla. Por oposición, Soult encarna un modelo de gobernador muy autoritario, nada dialogante, considerado una especie de sátrapa en esa región sur de España. Ambas personalidades y comportamientos casaban fatal.

Como autor, durante el proceso de escritura, ¿no te ha ocurrido nunca que un personaje se rebele y tome control de su propio desarrollo?

Totalmente. Por ejemplo, en esta última novela, el personaje de Alberto Cienfuegos iba por un camino y, sin embargo, dada su evolución, tuve que hacer una segunda versión corrigiéndole cosas. Suele pasar que determinados personajes escapen un poco de la influencia de su autor y empiecen a desarrollar una personalidad distinta. En mi caso, soy de esos autores a los que no les gusta tener fichas o esquemas previos a la escritura del libro, prefiero dejarme llevar por la libertad de los personajes, que a veces su evolución me sorprenda con un giro inesperado.

Es muy común encontrar novelas de época cuyos personajes hablan como si estuvieran en pleno siglo XXI. Qué horror… Afortunadamente, eso no sucede en El enigma Murillo.

He procurado cuidar mucho eso. Tampoco quería crear personajes estereotipados, a lo mejor demasiado blancos o negros, sino con una gama de grises. Lo he intentado hacer con el mariscal Soult, de quien quizá tenemos una mala imagen por todo ese expolio de obras de arte en Sevilla, dándole un trato más humano, expresando más sus dudas, sus miedos ante el desarrollo de aquella guerra de Independencia, muchas veces, para los propios franceses, un viaje hacia ninguna parte. He procurado otorgarles un poco de alma a todos esos personajes históricos. Otro ejemplo es el propio Cienfuegos, quien se mueve también entre esas luces y sombras, reflejando muy bien qué proliferaba en aquella época, personas que cambiaban de bando según avanzaba el conflicto armado. He procurado aportar esa pátina personal mía, deformándolos a veces para aplicarles un tono casi expresionista en cuanto a su manera de mirar la realidad.

«Tengo una deuda literaria inmensa hacia Henry James, Stevenson, Oscar Wilde, Potocki o E. T. A. Hoffmann. Como ellos, he intentado captar la realidad alejándome un poco de su espectro normal, de una forma más incisiva y deformada»

El enigma Murillo supone tu quinta obra literaria en solitario. Si echas la vista atrás, ¿cómo ha cambiado el Andrés González-Barba escritor de ficción?

Yo empecé a publicar en 2010 con Los diarios de Regent Street, un homenaje a la literatura de Arthur Conan Doyle. Si tú lees ese libro con respecto a éste, comprobarás que es más incipiente, más inocente en determinadas cosas. Hoy me veo con más tablas porque el oficio de escritor va creciendo a medida que desarrollas historias. En ese sentido, cada vez intento investigar más sobre la creación de los personajes: personalidad, sentimientos, verosimilitud… Pues entiendo que los grandes autores de la historia, como he comentado antes, fundamentalmente han hecho grandes novelas basadas en estupendos personajes. Ahí quizá se note más esa evolución mía con respecto al principio.

¿Y ha cambiado mucho esta Sevilla actual con respecto a la del 1810? 

Yo creo que la ciudad no ha cambiado tanto. Sevilla entra en decadencia a comienzo del XVIII, donde ya el comercio de Indias se traslada a Cádiz, y a partir de ahí desarrolla una idiosincrasia que, no sé el motivo, se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos. Hablo de una actitud un tanto derrotista, ensimismada, de una ciudad un poco autocomplaciente. Y hemos tenido oportunidades históricas muy relevantes, como la Exposición Universal del 1992, para remontar vuelo y estar mejor plantados en la España actual. Pero, por desgracia, vemos cómo aquí aún quedan muchas cosas que mejorar, quizá, a nivel general, por la poca convicción de los sevillanos en nosotros mismos, en nuestras capacidades, circunstancia que, espero, mejoren las nuevas generaciones venideras.

¿Qué debe tener para ti la novela perfecta?

Por supuesto, que la historia sea conmovedora, que te llegue muy adentro, pero, sobre todo, que se desarrolle en torno a una galería de buenos personajes. También, que te haga reflexionar, que cuando la termines te permita ver la realidad de forma distinta. Eso le pido yo, esencialmente como lector, a una buena novela, ya sea de un autor prestigiosísimo o novel.

Entrevista a Andrés González-Barba por José Iglesias Blandón

© de las fotografía de esta entrevista: Sofía González-Barba.

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