¿Cómo lo hacía?

Lo noticioso hoy no es la muerte, sino el nacimiento. El nacimiento de un mito. Un mito literario. Que, dentro de cincuenta años, las nuevas generaciones de académicos, escritores y lectores colocarán a la altura histórica de sus conterráneos Poe, … Sigue leyendo

Mis preferencias para los Oscars 2017

Tras muchas horas de cine durante los últimos dos meses, y aunque la lista de nominaciones, en conjunto, me ha parecido especialmente flojita, comparto mis preferencias para estos premios Oscars 2017. Mi voto no se corresponde con lo que pienso que pasará (todos lo sabemos: arrasará La La Land), sino con qué me gustaría que pasara (siempre entre las candidatas, claro está). Mención especial me merecen Mykelti Williamson, por su papel como actor de reparto en Fences, y la cinta Paterson, de Jim Jarmusch, quienes no están nominados. Y, por supuesto, para nuestro representante Juanjo Giménez Peña y su corto de ficción Timecode.

  • Mejor Película: Fences.
  • Mejor Dirección: Damien Chazelle por La La Land.
  • Mejor Actriz Protagonista: Emma Stone por La La Land.
  • Mejor Actor Protagonista: Denzel Washington por Fences.
  • Mejor Actriz de Reparto: Nicole Kidman por Lion.
  • Mejor Actor de Reparto: Jeff Bridges por Comanchería.
  • Mejor Guión Original: Yorgos Lanthimos y Efthimis Filippou por Langosta.
  • Mejor Guión Adaptado: Eric Heisserer por La llegada.
  • Mejor Fotografía: Greig Fraser por Lion.
  • Mejor Montaje: Tom Cross por La La Land.
  • Mejor Banda Sonora Original: Mica Levi por Jackie.
  • Mejor Canción Original: City of Stars, de La La Land.
  • Mejor Película de Habla No Inglesa: Toni Erdmann.
  • Mejor Película de Animación: Zootrópolis.

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Sobre Toni Erdmann, de Maren Ade

La vida es aquello que pasa mientras hacemos planes. Algo así ya dijo en su día John Lennon, y algo así dice el histriónico padre coprotagonista al final de esta personal (por momentos surrealista, esperpéntica y soterrada) cinta alemana. Pero, por encima de esto, Toni Erdmann nos enfrenta ante un retrato social, económico y cultural de una generación, la actual, sumida en una profunda crisis de valores, alienada; una contemporaneidad a veces absurda que se combate/acepta, cómo no, desde el propio absurdo (que se titule Toni Erdmann y no Winfried Conradi, nombre real del personaje, puede ser una declaración de intenciones simbólica al respecto). La cinta, nominada a los premios Oscar 2017 en la categoría de mejor película de habla no inglesa, nos da una visión poco juzgadora, dejando al espectador la responsabilidad de decidir, posicionarse, definir. Con una interesante estructura narrativa y algunas escenas/situaciones para enmarcar (pues contiene una de las mejores escenas cómicas de desnudos grupales que he visto) es muy recomendable para quienes gusten de bucear entre subtextos (y para quienes alguna vez hayan recibido un rallador de queso como regalo de cumpleaños).

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De qué hablamos cuando hablamos del escritor Raymond Carver

Hablar de Raymond Carver (1939-1988) es hacerlo del mejor cuentista estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Así, sin cortapisa. El “Chéjov norteamericano” gustaba de la precisión como máxima de una escritura siempre contraria a pomposas construcciones adjetivadas, al superfluo exceso de subordinadas o a la asfixia descriptiva. Su literatura supone contención e intensión, introspección, ontología, contexto y perspectiva, objetos que reclaman. Carver, en palabras del también escritor Daniel Múgica, “prescinde de los argumentos altisonantes y aborrece los discursos puramente narrativos. […] Un problema con el alcohol en una noche de verano, una discusión con la pareja, la rueda del coche que se pincha, los invitados a cenar. Plasma situaciones insignificantes con una fuerza inusual”.

La exacta narración carveriana tambaleó el binomio realidad-ficción dentro del “dirty realism” (al que se hallan adscritos, entre otros, genios como John Fante, Charles Bukowski, Richard Ford o Tobias Wolff), convirtiendo al lector —lejos de ser un mero engullidor de emociones impostadas, mil veces imitadas— en perceptor hiperactivo de ese micrentorno que, por común, tantas veces pasa de largo, involuntariamente inadvertido, como los postes telefónicos desde un vagón en movimiento. Pues la mirada del escritor de Clatskanie, Oregón, ostenta una agudeza telescópica; penetra en la cotidianidad (cotidianidad atemporal) para, de forma sibilina, destacar trascendentes dilemas morales mediante historias en apariencia corrientes. Su ficción es el canal por donde “sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”, entiende el crítico literario Frank Raymond Leavis. Y todo conseguido con un excepcional empleo de los ritmos: tono, narrador deficiente (su voz, una cámara que solamente expone qué observa, sin valoración alguna, cosa ya del receptor), elipsis, tiempo verbal presente, finales abiertos…

Raymond Carver falleció en pleno apogeo y reconocimiento de su carrera y obra. No obstante, gracias al trabajo de William L. Stull y Maureen P. Carroll, de la Universidad de Hartford, Connecticut, para deleite de sus más íntimos amantes literarios ha visto la luz Principiantes (Editorial Anagrama), versión original de esos diecisiete relatos que componen una de sus obras maestras, De qué hablamos cuando hablamos de amor, sin la mutilación de casi el cincuenta por ciento que acabaría sufriendo el libro por parte del llamado “Captain Fiction”, Gordon Lish —entonces, su editor en la editorial Alfred A. Knopf—, previa publicación en 1981. Un entramado para profundizar dentro de la conciencia creativa del verdadero artista: un Carver menos crudo, más tierno, pero igual de sincero.

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Naturaleza urbana: Historias de Lavapiés

Lo decisivo, artísticamente hablando, es subvertir la conciencia. Que el texto creativo, en cualquiera de sus disímiles manifestaciones, nos agite. Por contenido y forma. Ese estímulo interno nunca orientado a buscar respuestas, sino preguntas. Preguntas sobre un macro y microentorno social, económico, cultural, histórico… y, el más difícil todavía, ontológico. Antropología narrativa. Canalizada hacia la introspección. Y para ello lo ideal son los espejos. Reflejos. Que tras la exactitud de un gesto, una palabra, un objeto o una secuencia esté contenida toda la condición humana. Vida. Donde reconocernos y aprehender, por composición o descomposición. Donde espacio y tiempo sean uno y todos a la misma vez. Especificidad que cumple sobremanera los trabajos del escritor y director cinematográfico Ramón Luque, un autor orgánico que, con precisión certera, maneja a la perfección los códigos más intrínsecos de la conducta colectiva; un cineasta emergente —e investigador académico especializado en los maestros Woody Allen e Ingmar Bergman— que se desliza como pez en el agua entre los complejos territorios de las relaciones interpersonales, mediante esa mirada especial, hábil, que pocos poseen para diseccionar estados naturales y elevar lo cotidiano hasta un nuevo nivel. Capacitado, por méritos fílmicos propios, para favorecer trascendentes alternativas morales y éticas.

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Ramón Luque es, a su vez, docente en la Facultad de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

Al respecto, mención particular merece su último trabajo, Historias de Lavapiés, primer largometraje dirigido en solitario; protagonizado por reconocidos actores como Guillermo Toledo, Sandra Collantes o Rafael Reaño, entre otros; con música de Antonio Meliveo, varias veces nominado a los premios Goya de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España; estrenada y aplaudida en la sección “Estrenos Especiales” de la XVII edición del Festival de Cine Español de Málaga. Una cinta de corte costumbrista, escrita por el propio Ramón Luque, rodada, dentro de lo ficcional, con un estilo documental que remarca aún más su fuerte concepto social y humano, su trasfondo multicultural y racial. En ella se abordan temas tan actuales como la crisis, la inmigración o la educación a través de un tratamiento elegante, sin caer en ningún instante ante tópicos tramposos o sentimentalismo barato. Su ritmo es figurativo y su tono, reflexivo: una visión siempre expositiva que, muy inteligentemente, deja al espectador, activo, eso de juzgar las fallas de nuestra contemporaneidad. Plagada de situaciones y diálogos nutritivos, sus personajes cercanos, empáticos (el profesor de instituto maduro que atraviesa una mala racha, la sufridora asistenta colombiana desamparada en la ilegalidad, el majestuoso homeless cobijado dentro de un bloque de vecinos, la prostituta extorsionada que busca alguna salida útil), evolucionan siempre a través de la experiencia, entre las grietas, mediante una arquitectura urbana de imágenes concatenadas con sutileza.

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Luque junto al actor Guillermo Toledo, durante el rodaje

Así, Historias de Lavapiés ocupa el epicentro de un potente mecanismo bien articulado donde convergen entretenimiento, reflexión y compromiso. Ramón Luque ha convertido una película sobre la realidad social del barrio madrileño de Lavapiés en una obra universal; ha destapado los necesarios silencios del día a día edificando un cristal global de emociones e intenciones para observarnos y meditar. Lo decisivo, artísticamente hablando.

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La cinta, de próximo estreno público, inaugurará la X edición del London Spanish Film Festival

(Artículo también publicado en el diario Andalucía Crítica.)

De luces y sombras

imagesUL2XSA6VA comienzos del siglo XX, el ensayista John Jay Chapman afirmó sobre Nueva York: «El presente es tan poderoso en ella, que el pasado se ha perdido.» Un siglo después, el periodista y escritor Enric González (premio Cirilo Rodríguez 2006 por su labor como corresponsal para El País en la propia «Gran Manzana», Washington, Londres o París), con la experiencia personal y profesional garbada a fuego ante sus ojos forasteros, corrobora que en la City, la gran urbe estadounidense, es «siempre hoy». Precisamente su libro Historias de Nueva York (RBA) propone una excursión hasta ese preciso «aquí y ahora» intrahistórico, con la pausa suficiente para sentir el sabor de la cerveza única del White Horse, en Hudson Street, o aquel grasiento steak de Peter Linger, o, resignado y sufrido, un partido de los Mets en el barrio de Queens, o la mismísima Estatua de la Libertad iluminando al mundo desde el puente de Brooklyn, durante otro atardecer. Aunque frente a su ferviente y voraz contemporaneidad, sin apenas oportunidad para mirar atrás, Nueva York, étnica y racial, es y será reflejo de lo que fue: entre otras cosas, una herencia mercantil (la metrópoli surgió al sureste de Manhattan de la mano de inmigrantes holandeses dedicados al comercio; de ahí que su primera bandera portara el blanco, azul y naranja de la actual neerlandesa) que se proyecta hasta nuestros días, convirtiéndola, con Wall Street a la cabeza, en epicentro del capitalismo mundial; pero también, un fiel núcleo articulado con remiendos de tradición: desde la Italia neoyorquina, fundada por Antonio Palmo, hasta los años de la Gran Depresión, pasando, por ejemplo, por la época «dorada» del hampa.

Enric González vierte en Historias de Nueva York, hora a hora, esencia a esencia, cada ápice de la vida cotidiana en la ciudad. Recién aterrizado en ella a principios del año 2000, el periodista catalán encontró alojamiento en The Printing House, una antigua imprenta —ironías de la vida— habilitada como apartamentos en el West Village, un sitio idóneo para aprehender, con la subjetividad imprescindible que impide el oficio noticioso, el rugir diario: un violento altercado en el sur del Bronx, las crónicas de taxistas, los entresijos tras la creación de la cúpula del rascacielos Chrysler…, pero también las guerras de Afganistán e Irak o la jornada oscura de un septiembre de 2001. Historias de Nueva York es la memoria excelsa de Enric González, un diario de emociones e intenciones donde confluyen objetos y personajes entre la miscelánea de circunstancias. Porque enamorarse tiene estas cosas…

¿Quién va a contarlo ahora?

gabo-dedo-220x300¿Quién? Pues lo severamente noticioso en la muerte de Gabriel García Márquez no es el adiós somático del escritor prestigioso, didáctico, influyente o generacional, sino el de una de las diez letras (quizás la U) que denotan y connotan la palabra L-I-T-E-R-A-T-U-R-A. Su huida es interdisciplinar: desgañita los ecos de la Antropología, la Sociología, la Metafísica, la Psicología, la Política, la Historia, la Lingüística. Perpetúa esa voz narrativa exclusiva, un verbo lírico que fabula sobre esta humanidad tan miserable como grandiosa, que con honores justifica la mal llamada «realidad» como una falacia de nuestra maniquea percepción social. Pieza necesaria y suficiente (quizás el cráneo) del ente literario, cuya principal seña de valor rige la intemporalidad. Porque cualquier artesano de la Escritura Creativa más o menos ducho puede imitar el romanticismo gótico de Poe, la precisión de Chéjov, el naturalismo de Proust, un monólogo interior de Joyce, el existencialismo de Kafka, los silencios elípticos de su adorado Faulkner, el ultraísmo de Borges. Sin embargo, resulta imposible emular el estilo del autor colombiano —subordinadas en serie, adjetivación profusa, léxico próspero— sin humillarse ante el lenguaje inflado y obsoleto, es decir, impostado. Probadlo. Sus licencias, tácitamente herméticas, deniegan al creador profesional o aficionado reproducciones experimentales, trucos de cualquier tipo, segundas marcas. Solo ocurre algo similar con la Biblia. Así, en Aracataca (quizás otrora Maconda) diluviará durante cuatro años, once meses, dos días. Y, por unanimidad, en todos los corazones del mundo hoy lloviznan minúsculas flores amarillas. ¿Quién?

True Cine

Auguro el nacimiento de una nueva serie de culto: True detective. Vuelta de tuerca al género policial desde una potente perspectiva artística. Del guión a la fotografía, pasando por el montaje: una pieza audiovisual para proyectar, por ejemplo, en las escuelas de Cine (el plano secuencia ¡de seis minutos! al final del capítulo cuarto, técnicamente hablando, roza la perfección). Los dos actores protagonistas encarnan una batalla psicológica con cada mirada, con cada movimiento (McConaughey, tras las oscarizadas The wolf of Wall Street y sobre todo Dallas Buyers Club, se ha rasgado ya por completo las vestiduras; es sin duda su gran año). En fin, mejor estreno de la cadena HBO desde 2010, con Boardwalk Empire, otra joyita, que engrosará el imaginario audiovisual más reciente junto a espacios como Braking bad, Six feet under, Mad Men o The wire. Quien parpadee, se la pierde.

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Jhumpa Lahiri: Cuestión de identidad

Jhumpa LahiriGanadora del Premio Pulitzer de Ficción en el 2000 por su primera obra, el volumen de relatos Intérprete de emociones, con tan solo treinta y dos años recién cumplidos. La escritora de sangre bengalí Jhumpa Lahiri (nacida en Londres y criada en el estado norteamericano de Rhode Island) escribe con la noción de identidad incrustada entre letra y letra, preocupación que la ha convertido, por méritos propios, en una de las voces contemporáneas que con más sutileza han plasmado sobre el papel la naturaleza versátil de los mundos fragmentados. Sus historias siempre refieren vivencias de inmigrantes indios en Estados Unidos, donde, más allá de narrar la mera experiencia de seres en una sociedad tan próxima como distante, plantea una reflexión sobre las propiedades del exilio, casi siempre por motivos profesionales, pero exilio a fin de cuentas: la cultura heredada frente a la autóctona, la tradición como dogma o posibilidad de superación, la emancipación individual —más psíquica que física— contra las cadenas familiares, el choque de emociones entre lo que fue y es… Todo en el marco cerrado de las relaciones entre el sujeto, principalmente femenino, y sus padres, hermanos o parejas. Una descripción, a priori, de microentornos que actúan como piezas de un universo tan afectivo como efectivo.

Siguen esta línea el conjunto de relatos extensos que compone su último trabajo, Tierra desacostumbrada, escogido Mejor Libro del Año 2008 por The New York Times. Cinco tramas, y una especie de novela corta conformada por tres cuentos, sobre la naturaleza humana, contadas con una tensión narrativa suave pero absorbente y caracterizadas, en su mayoría, por la inclusión de una potente imagen evocativa al final de cada historia (véase al respecto el desenlace del relato que da título al libro, “Tierra desacostumbrada”, o, mejor aún, la escena conclusiva de “Cielo e infierno”), un regalo de la escritora destinado al placer sensorial del lector. Pero, al margen de la conexión temática, quizá se eche de menos una profundización en las formas narrativas —al estilo de la también escritora norteamericana Lorrie Moore, a quien se parece Lahiri en pinceladas aisladas— que ahuyente los siempre rutilantes fantasmas de la monotonía literaria. Pero el potente objetivo introspectivo está ahí, presente como un sólido, y la escritora lo sabe y antepone al resto de componentes. Así lo expresó, de manera muy acertada, Alejandro Lillo: en todos estos relatos siempre parece “que va a pasar algo, pero no sabemos qué. Es entonces cuando toda esa corriente subterránea de pasiones y odios, de rencores y afectos, sale a la superficie como un torrente, como el magma de una erupción volcánica: ya no hay marcha atrás”.

Jhumpa Lahiri maneja a la perfección los estragos del tiempo, dominando ritmos y tonos, pero no es ahí principalmente donde radica el éxito de una de las escritoras más importantes de la narrativa norteamericana actual (entre otras actividades, es miembro del Comité del Presidente para las Artes y Humanidades estadounidense), sino en la capacidad de identificación, de vernos reflejados en las circunstancias, acciones, gestos, de una manera en ocasiones tan exacta que nos alerta y hace cuestionar; una combinación de inmediatez e intemporalidad en los vínculos interpersonales, “la siempre inadecuada comunicación que vuelve enigmática toda experiencia”, como entendiera The Telegraph. Porque sobrevivir en tierra desacostumbrada, cuántos lo sabrán, es lo que tiene…

Isla de asfalto

robinEl náufrago urbano, como el Crusoe de Daniel Defoe, observa y aprehende de su biosfera, pero, en este caso, con vehículos humeantes y edificios alineados, haciendo honor a ese arcaico refrán medieval: «El aire de la ciudad hace hombres libres.» Un aire de libertad que, en cierta medida, asemeja la cotidianidad ciudadana a la isleña por sus disímiles modelos de soledad y compañía, a partes iguales. Bajo esta premisa, la selección de artículos que reúne el primer libro de Antonio Muñoz Molina, El Robinson urbano, permite al escritor andaluz, con esa particular visión del micro y macroentorno, soltar a su álter ego, transeúnte privilegiado, cronista de la contemporaneidad metropolitana, a través de las calles de una Granada tan real como por momentos imaginaria (las crónicas, construidas a base de impecables ejercicios literarios, hacen de ella una ciudad ambivalente: a veces eterna, al igual que «una estampa de Gustave Doré» y otras mortal, tan urbana como la que más); soltar a su álter ego y seguirlo, sin perder de vista ni un instante dirección y sentido, observándolo por una lente privilegiada siempre convergente.

El Paseo del Salón, el café Suizo, la colina de la Alhambra, el barrio de la Magdalena, el Albayzín, una esquina cualquiera de Bibarrambla… Todo enclave sirve para que escritor y su Robinson ejerzan de observadores «desinteresados»; cada rincón constituye un islote situado en una región del tiempo entre el presente y el recuerdo. Es así como lo rutinario acaba por convertirse en huésped del papel: las piernas de una mujer, el ciego que canta los «iguales», los delincuentes y mendigos del polígono de la Cartuja… Animales salvajes de una ciudad abierta en abanico ante Muñoz Molina, al estilo del París de Charles Pierre Baudelaire o del Londres de Thomas de Quincey, mediante una «pura mirada sin voluntad ni propósito», ya que ambos se sienten libres y, en esencia, eso es lo único que les importa.

«Ulises», escribe el propio autor, «ya no busca su Ítaca en las islas del Mediterráneo…»