¿Nos encontramos?

Aprovechando el lanzamiento de la edición digital de mi libro Uno de estos días (desarrollada por palimpsesto 2.0), justo cuando se cumple un año de su publicación en papel, Casa del Libro Sevilla organiza hoy, a las 19:30 horas, un productivo encuentro público donde departir sobre esta obra y la literatura que propone.

El acto contará con la participación de los escritores Francisco Gallardo, Teo Palacios y Concepción Perea.

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De qué hablamos cuando hablamos del escritor Raymond Carver

Hablar de Raymond Carver (1939-1988) es hacerlo del mejor cuentista estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Así, sin cortapisa. El “Chéjov norteamericano” gustaba de la precisión como máxima de una escritura siempre contraria a pomposas construcciones adjetivadas, al superfluo exceso de subordinadas o a la asfixia descriptiva. Su literatura supone contención e intensión, introspección, ontología, contexto y perspectiva, objetos que reclaman. Carver, en palabras del también escritor Daniel Múgica, “prescinde de los argumentos altisonantes y aborrece los discursos puramente narrativos. […] Un problema con el alcohol en una noche de verano, una discusión con la pareja, la rueda del coche que se pincha, los invitados a cenar. Plasma situaciones insignificantes con una fuerza inusual”.

La exacta narración carveriana tambaleó el binomio realidad-ficción dentro del “dirty realism” (al que se hallan adscritos, entre otros, genios como John Fante, Charles Bukowski, Richard Ford o Tobias Wolff), convirtiendo al lector —lejos de ser un mero engullidor de emociones impostadas, mil veces imitadas— en perceptor hiperactivo de ese micrentorno que, por común, tantas veces pasa de largo, involuntariamente inadvertido, como los postes telefónicos desde un vagón en movimiento. Pues la mirada del escritor de Clatskanie, Oregón, ostenta una agudeza telescópica; penetra en la cotidianidad (cotidianidad atemporal) para, de forma sibilina, destacar trascendentes dilemas morales mediante historias en apariencia corrientes. Su ficción es el canal por donde “sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”, entiende el crítico literario Frank Raymond Leavis. Y todo conseguido con un excepcional empleo de los ritmos: tono, narrador deficiente (su voz, una cámara que solamente expone qué observa, sin valoración alguna, cosa ya del receptor), elipsis, tiempo verbal presente, finales abiertos…

Raymond Carver falleció en pleno apogeo y reconocimiento de su carrera y obra. No obstante, gracias al trabajo de William L. Stull y Maureen P. Carroll, de la Universidad de Hartford, Connecticut, para deleite de sus más íntimos amantes literarios ha visto la luz Principiantes (Editorial Anagrama), versión original de esos diecisiete relatos que componen una de sus obras maestras, De qué hablamos cuando hablamos de amor, sin la mutilación de casi el cincuenta por ciento que acabaría sufriendo el libro por parte del llamado “Captain Fiction”, Gordon Lish —entonces, su editor en la editorial Alfred A. Knopf—, previa publicación en 1981. Un entramado para profundizar dentro de la conciencia creativa del verdadero artista: un Carver menos crudo, más tierno, pero igual de sincero.

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Jhumpa Lahiri: Cuestión de identidad

Jhumpa LahiriGanadora del Premio Pulitzer de Ficción en el 2000 por su primera obra, el volumen de relatos Intérprete de emociones, con tan solo treinta y dos años recién cumplidos. La escritora de sangre bengalí Jhumpa Lahiri (nacida en Londres y criada en el estado norteamericano de Rhode Island) escribe con la noción de identidad incrustada entre letra y letra, preocupación que la ha convertido, por méritos propios, en una de las voces contemporáneas que con más sutileza han plasmado sobre el papel la naturaleza versátil de los mundos fragmentados. Sus historias siempre refieren vivencias de inmigrantes indios en Estados Unidos, donde, más allá de narrar la mera experiencia de seres en una sociedad tan próxima como distante, plantea una reflexión sobre las propiedades del exilio, casi siempre por motivos profesionales, pero exilio a fin de cuentas: la cultura heredada frente a la autóctona, la tradición como dogma o posibilidad de superación, la emancipación individual —más psíquica que física— contra las cadenas familiares, el choque de emociones entre lo que fue y es… Todo en el marco cerrado de las relaciones entre el sujeto, principalmente femenino, y sus padres, hermanos o parejas. Una descripción, a priori, de microentornos que actúan como piezas de un universo tan afectivo como efectivo.

Siguen esta línea el conjunto de relatos extensos que compone su último trabajo, Tierra desacostumbrada, escogido Mejor Libro del Año 2008 por The New York Times. Cinco tramas, y una especie de novela corta conformada por tres cuentos, sobre la naturaleza humana, contadas con una tensión narrativa suave pero absorbente y caracterizadas, en su mayoría, por la inclusión de una potente imagen evocativa al final de cada historia (véase al respecto el desenlace del relato que da título al libro, “Tierra desacostumbrada”, o, mejor aún, la escena conclusiva de “Cielo e infierno”), un regalo de la escritora destinado al placer sensorial del lector. Pero, al margen de la conexión temática, quizá se eche de menos una profundización en las formas narrativas —al estilo de la también escritora norteamericana Lorrie Moore, a quien se parece Lahiri en pinceladas aisladas— que ahuyente los siempre rutilantes fantasmas de la monotonía literaria. Pero el potente objetivo introspectivo está ahí, presente como un sólido, y la escritora lo sabe y antepone al resto de componentes. Así lo expresó, de manera muy acertada, Alejandro Lillo: en todos estos relatos siempre parece “que va a pasar algo, pero no sabemos qué. Es entonces cuando toda esa corriente subterránea de pasiones y odios, de rencores y afectos, sale a la superficie como un torrente, como el magma de una erupción volcánica: ya no hay marcha atrás”.

Jhumpa Lahiri maneja a la perfección los estragos del tiempo, dominando ritmos y tonos, pero no es ahí principalmente donde radica el éxito de una de las escritoras más importantes de la narrativa norteamericana actual (entre otras actividades, es miembro del Comité del Presidente para las Artes y Humanidades estadounidense), sino en la capacidad de identificación, de vernos reflejados en las circunstancias, acciones, gestos, de una manera en ocasiones tan exacta que nos alerta y hace cuestionar; una combinación de inmediatez e intemporalidad en los vínculos interpersonales, “la siempre inadecuada comunicación que vuelve enigmática toda experiencia”, como entendiera The Telegraph. Porque sobrevivir en tierra desacostumbrada, cuántos lo sabrán, es lo que tiene…

UN POR QUÉ AL PORQUÉ

La belleza del conflicto cotidiano:

“—A veces tenemos mapaches en la chimenea —explica Simone.
—Ah —digo sin la menor sorpresa.
—Y un día tratamos de ahuyentarlos con humo. Encendimos un fuego, aunque sabíamos que estaban ahí, porque esperábamos que el humo los hiciera salir disparados hacia arriba y que no volvieran nunca más. En cambio, se incendiaron y cayeron estrellándose en la sala, todos chamuscados y en llamas, corriendo desesperados por aquí,
hasta que murieron. —Simone sorbió un poco de vino—. Las historias de amor son así —añadió—. Todas son así.”

(Lorrie Moore, “Danza en Estados Unidos”, de su volumen de relatos Pájaros de América.)

Una literatura que no diga, sino muestre. Los gestos fútiles. Objetos que nos reclaman. La precisión es subversiva. Subtexto. Y la realidad, una falacia de nuestra contemporaneidad. Una literatura expositiva, nunca juzgadora. Que sobrestime al lector. Y la realidad es una taimada farfullera. Sin concesiones hacia nada ni nadie. Muckrakers de la condición humana. Una literatura que no pretenda respuestas, solo preguntas. Técnicamente técnica. Y la realidad es otro jodido perro del infierno.